La geografía en la historia de las relaciones internacionales

Edmundo Aníbal Heredi

CONICET/Universidade Nacional de Cordoba (Argentina)

 

  1. La historia de las relaciones trans-nacionales

El estudio de las relaciones internacionales actuales muestra una fuerte inclinación hacia las relaciones políticas, estratégicas y económicas, aunque recientemente hay un notorio incremento por la orientación hacia los desplazamientos poblacionales y por lo que ellos inciden en los otros tipos de relaciones. En general, esta misma apreciación corresponde formular cuando se trata de la historia de estas relaciones. Otros factores dignos de ser tenidos en cuenta por su importancia en la vida de los pueblos son las cuestiones ambientales o culturales, por cuanto constituyen valores fundamentales en la vida de los pueblos y en consecuencia en las relaciones entre países y entre naciones.

Y esto resulta más significativo en cuanto se han desarrollado líneas importantes en la investigación en ciencias sociales que aprovechan los elementos de otras disciplinas; tal ocurre con los de naturaleza geográfica que han derivado en nuevas disciplinas, como las que se ocupan de las cuestiones geo-históricas, geo-culturales, geo-políticas, cada una de ellas con sus teorías y sus metodologías, y en las que se marca con fuerza decisiva la adherencia del hombre al suelo.[i] A su vez, una rama perteneciente a la geografía, la geografía histórica, que Claude Cortés ha definido como “una percepción temporal de los problemas espaciales”, aproxima a ambas disciplinas hacia objetivos comunes o compartidos.[ii]

También es necesario considerar que las cuestiones territoriales de las naciones, que necesariamente han necesitado recurrir a los conocimientos geográficos, han sido tratadas desde teorías muchas de ellas originadas en la observación de las situaciones europeas, muy diferentes a las de América Latina, lo que hace necesaria la creación de teorías propias o cuidadosamente adaptadas. Estas cuestiones han sido muy diferentes si se las compara con las europeas, desde las referidas a las dimensiones espaciales, a las superficies de los territorios en su relación con la densidad de las poblaciones, a su relativa ubicación en el planeta, a las comunicaciones interoceánicas, a la disponibilidad y usufructo de las riquezas naturales, a los desplazamientos poblacionales, a las cuestiones relativas al poder (como las dinásticas y hereditarias) y otros problemas ajenos o diferentes de la realidad latinoamericana. En tanto, el origen de las naciones europeas para muchos como Michel Foucault tiene su explicación y racionalidad en razones idiomáticas –como que el nombre de las naciones es el de su idioma- y también en antecedentes lejanos que se remontan a sagas y leyendas, y hasta a una literatura nacional representada en modelos ejemplares, todo ello diferente a los orígenes de las latinoamericanas.

Estas observaciones nos conducen, en fin, a buscar en la propia realidad latinoamericana la elaboración de teorías que sirvan para explicar sus propios procesos históricos, entre ellos la formación de sus naciones. Si nos referimos particularmente al Cono Sur parece obvio que lo que predominó en esos estudios hasta el último tercio del siglo XX fue el de las cuestiones territoriales y limítrofes, y ello porque entonces aún el mapa de esta América Latina deparaba incertidumbres originarias de conflictos que, aunque bilaterales o trilaterales, repercutían en todo el sector; entre ellos eran muy sensibles los que enfrentaban a Perú y Ecuador, cuyas preocupaciones excedían a las de las dos naciones por cuanto su contención era protegida por los gobiernos de otras cuatro naciones vecinas; y la que mantenían Chile y Argentina por el Canal de Beagle, que a su condición de unir océanos agregaba su ubicación próxima al sector antártico pretendido a nivel mundial, lo que implicaba la atención de otros países interesados en tener protagonismo en estos espacios, incluso de potencias geográficamente lejanas. Ante aquella realidad, la historiografía de las naciones latinoamericanas involucradas se hacía eco de estas preocupaciones, remontándose a antecedentes tan lejanos como el Tratado de Tordesillas (1494), concertado sobre bases cartográficas y documentales muy inciertas y a territorios en su mayor parte desconocidos entonces.

Al comenzar el siglo XXI estas cuestiones han sido en buena parte superadas y, aunque subsisten otras menores, lo cierto es que justificadamente la historiografía ha dejado de poner su atención preferente a estos temas, en tanto focaliza esa atención en las cuestiones presentes o presentidas, mirando hacia el futuro.

Así, podemos decir que actualmente hay una historia de las relaciones internacionales, una historia de las relaciones inter-regionales y una historia de las relaciones trans-nacionales. Si bien la denominación de “relaciones internacionales” es usada en forma abarcadora comprendiendo a las otras dos o a otras que tratan de la vida internacional, debe distinguirse en cuanto trata del protagonismo de las naciones como tales a partir de sus aparatos estatales, es decir entre los gobiernos y de organizaciones supra-nacionales, sobre todo, como dijimos, y focalizadas en las de carácter político, económico o estratégico. Quizá en el futuro debamos reconocer otra rama de estos estudios, que adquiera su propia identidad y en la que reconozcamos el protagonismo de otro actor de las relaciones, al que podemos denominar genéricamente gente, es decir todas las personas, que a menudo son consideradas más bien como objetos que como sujetos de las relaciones entre países y entre naciones.[iii]

 

  1. La historiografía latinoamericana de los conflictos territoriales

Un intento generalizador se enfrenta con una diferencia sustancial entre la historiografía de las naciones hispanoamericanas y la brasileña, simplemente porque los orígenes coloniales de la ocupación de espacios fueron diferentes en uno y otro caso. En tanto el plan imperial español consistió en la creación de diversas y complementarias administraciones territoriales, con sus diversas capitales y circuitos conducentes a la mejor explotación de sus riquezas del suelo y del subsuelo, muy diferente a la colonización portuguesa que unificó el centro de poder en una sola capital. Aquí preferimos poner mayor atención en el plan imperial español en América.

Aquellas disputas por los territorios nacionales tuvieron como corolario que, correlativamente, la historiografía de cada nación se ocupara preferentemente de esos temas; parecía natural que los historiadores no pudieran desprenderse de su sentimiento nacional, y por tanto sus interpretaciones discreparon vehementemente con las que presentaban los historiadores de los vecinos en conflicto. Entre ellas, las cuestiones territoriales entre las naciones Andinas y entre las naciones que comparten la Cuenca del Plata fueron las más resonantes, y hasta modelaron durante mucho tiempo los programas de gobierno de las naciones involucradas; aún la historiografía que trata de cada nación en particular presenta esa característica.[iv]

La reflexión anterior adquiere un interés adicional en la comprobación de que los límites geográficos de estas naciones, por lo general, se han formalizado en Tratados internacionales a partir de antecedentes históricos controvertidos y de todos modos subjetivos por cuestiones nacionalistas. Estos Tratados han sido alcanzados luego de un proceso de hondos conflictos y varios de ellos luego de enfrentamientos armados; para su formalización ulterior se han utilizado referencias geodésicas o arcifinias, o en su defecto mojones demarcadores. De más está decir que a menudo esas convenciones desafían o ignoran a la historia y a la geografía, bajo pretendidos hechos determinantes, confusas cartografías o derechos adquiridos con la fuerza de las armas.

Si se piensa en el caso de los países hispanoamericanos los límites de los territorios que luego fueron provincias y naciones partieron de un plan de colonización imperial basado en la fundación de ciudades y con la atención puesta en la explotación de recursos naturales y en las disputas con otras potencias colonialistas europeas; esto condicionó fuertemente la naturaleza de sus orígenes y la gravitación de ello en su desarrollo. En efecto, en la América colonizada por España las ciudades fueron los orígenes de las organizaciones administrativas dentro de ese plan imperial, con un espacio en su entorno que fue la base de las provincias y de las naciones, las cuales no fueron necesariamente centros de regiones, sino meramente centros administrativos que respondían a aquel plan imperial.

Así observamos que la primera controversia en la historia de la mayoría de estas naciones al iniciar su vida independiente fue en cuanto a su delimitación territorial. El primer acuerdo, aunque provisorio e inestable, fue el de admitir en los Tratados los límites que tenían los Virreinatos, Capitanías Generales, Audiencias o Gobernaciones, según la situación vigente en el momento del inicio de las revoluciones de independencia, esto es en el año 1810. Pero las guerras que se sucedieron en la lucha emancipadora ocasionaron desplazamientos militares, traslados de los centros de poder y otras situaciones innovadoras, hasta que en 1824 se obtuvo la emancipación definitiva y se dio término al poder español, por lo que fue necesario recomponer los criterios iniciales. Esto parece para muchos “historia antigua”, pero no lo es tanto, porque aún permanecen insuperados algunos conflictos territoriales durante un tiempo dormidos y que reaparecen cuando asumen gobiernos que buscan reavivarlos como manera de reivindicación histórica o para afianzar su poder.

Fue así que durante decenas de años sesudos estudiosos se introdujeron en los archivos europeos y preferentemente españoles para buscar los antecedentes de los derechos de su nación en sus controversias con los vecinos; así nació luego una historiografía nacionalista de gran desarrollo, porque esos mismos buceadores, luego de producir sus informes a las autoridades elaboraron una profusa bibliografía que hoy cubre un sector importante en los anaqueles de las bibliotecas nacionales.

 

  1. La región y las relaciones trans-nacionales

Dentro de esta vasta gama de la historia de las relaciones entre países y regiones está el de las relaciones trans-nacionales, que se refiere esencialmente a un espacio geográfico habitado comprensivo de territorios perteneciente a más de una nación, esto es que participa de la frontera entre naciones, y al que llamamos región trans-nacional.

En primer lugar hay que reconocer que el término región ha sido empleado con distintas acepciones, según el marco temático en que se lo encuadra, y una de ellas bien puede ser la que se aplique a las relaciones internacionales; pero debe reconocerse que la geografía es su ámbito esencial, por cuanto se refiere a un espacio específico de este planeta. El término región ha sido considerado como una wild card, como un comodín al que se lo define de acuerdo a la función que se le adjudica en el contexto de que se trata. Por tanto, para que el concepto de región sirva para profundizar y esclarecer las relaciones entre las naciones latinoamericanas es preciso conceptualizarla adecuadamente, considerando que se trata no sólo de una metodología apropiada para el análisis, sino también como una actitud de los investigadores para alcanzar un conocimiento más acabado y profundo de su objeto de estudio.

Para los historiadores de las relaciones trans-nacionales los mapas que concitan su atención son los de las regiones, es decir espacios geográficos que se identifican por su naturaleza y por su presencia humana y que son compartidos por dos o más naciones, por lo que tienen en su mente o en su mesa de trabajo mapas de las regiones junto a mapas superpuestos de las culturas y civilizaciones originarias, de las establecidas en los tiempos coloniales y de las que corresponden a partir de las formaciones nacionales. Si se superponen estos mapas uno sobre otro en transparencias, se tendrá una imagen mucho más compleja pero también más rica de los espacios geográficos y de su profunda incidencia en la historia de estas naciones y de las relaciones entre sí.

En esos mapas ocupan lugar destacado los sistemas urbanos jerárquicos, definidos por Chase-Dunn, y ésta es una de las características que nos vienen de la geografía.[v] En efecto, así como el nacimiento de las ciudades capitales latinoamericanas fue el fijado por sus metrópolis imperiales, esto es bajo el signo de la dominación colonial, los procesos de urbanización en América Latina han sido impulsados también por estímulos externos. Con ser una cuestión propia de la organización interna de los Estados, el fenómeno de la primacía en la jerarquización urbana deviene en una cuestión íntimamente relacionada con la vida internacional. Esa vinculación es explicable en tanto en aquellos planes imperiales predominaron la mejor conexión con la metrópoli europea y la desconexión interna, y esa estructura se mantuvo luego en la vida independiente, con dos excepciones ejemplares en América, las de Estados Unidos y Brasil, el primero fundando una capital desde el inicio y el segundo mudándola con el tiempo y buscando la interiorización de su país.

Este método da lugar a que la historia regional trans-nacional se confunda con algunos enfoques geo-políticos, pero sin embargo ambas perspectivas pueden también ser consideradas como antitéticas, pues la práctica de la geo-política se ha sustentado en hipótesis de conflictos y en el análisis de las estrategias de los Estados para resolver en su favor esos conflictos, en tanto las cuestiones trans-nacionales son estudiadas más bien como unidades espaciales compartidas por naciones.

La conjugación de la historia con la geografía, con la antropología, con la psicología social, han dado como síntesis una configuración del espacio que aparece como una recreación que el hombre hace de la naturaleza en función de creencias, de culturas y de necesidades materiales que dan como resultado hechos, imágenes, signos y símbolos que conforman en definitiva la idea de espacio; de ahí la idea de región y su materialización. La valorización del paisaje cultural, que es observado tanto por científicos como por artistas, resulta clave para la comprensión de una región histórica, y es donde se confunden la geografía y la historia y entonces puede asegurarse que ya estamos ante una visión interdisciplinaria, porque ambas disciplinas se inter-penetran. Una definición demasiado escueta pero que sirve para iniciar el diálogo es que la región es un espacio humanizado.

Es evidente que cuando hablamos de una región no podemos usar las mismas varas que para medir el espacio territorial de una provincia o de una nación, porque la región no tiene límites precisos; así como un territorio perteneciente a una provincia o a una nación es como el agua contenida en un recipiente, la región es como el agua derramada en una superficie espacial, es decir que el mapa que la representa no es absolutamente preciso, salvo cuando hay decisivos accidentes naturales que así lo imponen. Esto parece evidente cuando hablamos de regiones en los que los elementos naturales son significativos, por ejemplo los ríos, que originan la formación de culturas fluviales; en efecto, los ríos pueden ser determinantes de una región, la misma a un lado y a otro de su cauce, pero en cambio los poderes políticos se han empeñado en que cumplan el rol de divisorios de naciones, utilizando la línea del cauce más profundo, obrando así no sólo en contra de la naturaleza sino también de la cultura común de sus pobladores.

Así, la superposición del espacio del territorio nacional con el del espacio regional presenta correspondencias pero también divergencias, y es probable que sean más fuertes éstas que aquéllas. Por eso una etapa importante del proceso intelectivo de regionalización es la comparación, la distinción, la consideración de las compatibilidades y las incompatibilidades existentes entre las dos categorías espaciales. Si tomamos como ejemplo el caso argentino observamos que hay al menos dos de este tipo, la Circunpuneña, compartida por Chile, Bolivia y Argentina y la de la Triple Frontera, compartida por Paraguay, Brasil y Argentina, a las que puede agregarse, no obstante la distinta densidad poblacional, El Gran Chaco, que comprende superficies de Argentina, Paraguay y Bolivia, y que ha sido la motivación de una guerra regional. También encontramos esta característica en la frontera de Brasil con Paraguay y Uruguay, en la de Ecuador con Perú y Colombia, etc.

Lo mismo puede decirse con respecto a la temporalidad, porque las regiones, salvo las llamadas regiones-plan, no fueron creadas por decretos gubernamentales, sino que responden a procesos colectivos en que por lo general es difícil determinar cuándo un espacio se convirtió en una región, es decir cuándo un espacio natural se convirtió en un espacio humanizado y singular. Quizá sea posible encontrar alguna vinculación con estas antinomias y correspondencias entre Geografía e Historia en el hecho de que Brasil creó su Instituto Geográfico e Histórico ya en 1838, durante el Imperio y formando parte de su política continental, al que se agregaron luego otros similares en varios de sus Estados; en tanto, el Instituto Panamericano de Geografía e Historia fue creado en 1928 dentro del contexto panamericanista liderado por los Estados Unidos, lo que fue una nota más de su vocación hegemónica.

No se hablaba entonces de inter-disciplina, pero sí de una especie de sociedad complementaria para entender las cuestiones involucradas en el tiempo y en el espacio que debían enfrentar las naciones americanas para su desarrollo, convivencia y confrontaciones. En esta secuencia cronológica debemos intercalar la creación de la Academia Nacional de la Historia de Argentina en 1893, en un contexto ideológico que menospreciaba su inserción en el contexto latinoamericano y sin aludir a vinculación alguna con la geografía, lo que da lugar a analizar las motivaciones del contraste con las anteriores.

La historia tradicional y evocativa sigue confundiendo el concepto de regionalización con el de regionalismo, lo segundo como “amor o apego a determinada región de un Estado y a las cosas pertenecientes a ella”, como dice el Diccionario, aproximándose así a una forma de la creación literaria. Es lo que el mexicano José María Muriá llama “historia matria”, en oposición a la historia nacional o “historia patria”. Ambos términos, en lugar de ser concurrentes, resultan ser divergentes si se circunscriben a una nación, y pueden constituir un obstáculo a priori en el proceso intelectual de búsqueda de una regionalización del espacio. Así también una historia academicista sigue distinguiendo la “historia nacional” de las “historias provinciales”, encerrando estos términos en los marcos políticos y en las instituciones oficiales.

Obviamente, la propuesta es salir de estas categorías en que se encasilla la historia, lo que es necesario para llegar a este concepto de región en su aplicación a las relaciones trans-nacionales. Esta manera de entender la región incorpora la posibilidad de la existencia de hechos y fenómenos recurrentes, de regularidades de ciclos y procesos, de inter-relaciones en las secuencias temporales, tanto sincrónicas como diacrónicas.

Así, la región como espacio trans-nacional debe ser concebida como parte de un todo, y según el objetivo ese todo puede ser el Cono Sur o, mejor aún, América Latina. Una hipótesis que sirve de fundamento teórico para la regionalización es que las regiones forman parte de un conjunto por la confluencia y encuentro de factores históricos, geográficos, culturales, etc. En resumen, estas unidades se caracterizan por ser parte integrantes de un todo y por tanto son partícipes de los fenómenos que ocurren en su totalidad (principio de participación), tienen una especificidad propia que las distingue de las demás (principio de especificidad) y cumplen la función de relacionamiento entre otras regiones y de sí misma con las demás (principio de inter-relación).

Ello demanda estudios que superen las monografías dedicadas a determinados espacios regionales hasta aproximarse a la comprensión del conjunto; de este modo incorporamos a la idea de la diversidad las de regularidad y recurrencia. La incorporación de las relaciones trans-nacionales a la relaciones internacionales propiamente dichas están indicando que no hay una división entre la historia de una nación y la historia de sus relaciones internacionales en tanto la nación participe de una región-transnacional, y allí ya puede hablarse del abordaje de un estudio de una historia de sus relaciones internacionales que queda imbricada en la de las relaciones trans-nacionales, para lo cual es necesaria una visión inter-disciplinaria.

Pero he aquí que desde hace unos decenios ha aparecido el fenómeno de la globalización. Esto nos obliga a pensar en si es posible la compatibilidad entre regionalización y globalización como procesos históricos, porque en principio aparecen como dos conceptos antitéticos. La cuestión a dilucidar es si la globalización es una forma de relacionamiento, de interacción y de complementación de las regiones entre sí o en cambio, si la regionalización importa una actitud de rechazo a la globalización. Desde ya puede afirmarse que la regionalización, como proceso histórico constructor de regiones es un moderador de la globalización.

Otro aspecto de la regionalización concerniente al conjunto de las naciones latinoamericanas es que muchos de sus espacios han sido objeto de ocupaciones compulsivas, lo que ha dado lugar a concepciones enfrentadas entre sus mismos ocupantes, es decir que estos espacios no han sido consensuados entre los agentes de la ocupación y los habitantes originarios, y en estos casos las regiones han sufrido un violento proceso en su construcción y desarrollo. Esto nos lleva necesariamente a distinguir y a valorar separadamente a los espacios ocupados compulsivamente, espacios vacíos, espacios semi-vacíos, espacios vaciados.

La inclusión de las regiones trans-nacionales en los estudios de las relaciones internacionales depara otro desafío conceptual, que requiere su propia metodología: identificar y sumar al elenco de los actores a los habitantes de las regiones trans-nacionales, también considerados como habitantes de las fronteras. En términos históricos, en los tiempos coloniales al estar distantes de los centros urbanos no merecieron la atención de las autoridades, y en la era de la formación de los Estados nacionales pasaron a ser utilizados como objetos de conflictos y enfrentamientos; y tratándose de habitantes originarios quedaron fuera del control de los Estados hasta el punto de no aparecer en las estadísticas de población.

Estos estudios pueden ir más allá de la estricta erudición científica y constituirse en propuestas que lleguen también a los funcionarios encargados de sostener políticas internacionales coherentes. Con ello, estos ciudadanos se incorporarán al protagonismo de las relaciones internacionales, junto con los Estados, las corporaciones y todo el plantel reconocido como actores de las relaciones internacionales. De este modo deberemos sumar un nuevo agente (en cuanto actor) de las relaciones internacionales, el de los habitantes de las regiones trans-nacionales.

La investigación historiográfica presenta una dificultad que debe ser vencida con un método apropiado, y una de ellas es que las fuentes estatales proveen información circunscripta sobre la parte de la región de cada nación, y ellas pueden ser difíciles de compatibilizar. En fin, la tarea intelectual de entender la regionalización de América Latina como un todo es un proceso en construcción, que ya registra numerosos estudios monográficos o parciales, los cuales constituyen una base sólida a partir de la cual es posible acometer la gran labor de comprensión integrada de estos espacios. Una combinación adecuada de los factores históricos, étnicos, lingüísticos, económicos, políticos y culturales puede culminar en una concepción inter-disciplinaria en la que el espacio geográfico sea su base material. Es también necesario reconocer que para algunos de esos espacios así delimitados la incidencia de cada uno de esos diversos aspectos puede ser más gravitante que otros en la conformación regional.

Como vemos, en el caso de América Latina la falta de coincidencias entre un mapa político en que se señalan los límites de las naciones y un mapa regional es paradigmático. Esta fue casi una regla en la conformación de los territorios nacionales latinoamericanos, y de ahí es que el concepto de región incorporado al estudio de las relaciones internacionales nos permite obtener un cuadro más completo de esas relaciones en el largo tiempo histórico.

 

  1. Antecedentes precursores y algunos avances actuales

Estos estudios pueden apoyarse en antecedentes precursores de esta vinculación de la historia con el espacio. Entre ellos, nos debemos al alemán Oscar Schmieder, que presentó una visión antropogeográfica en su Geografía regional de América del Sur, de 1932; el de Carlos Badía Malagrida, con su libro El factor geográfico en la política sudamericana, de 1946, en el que postuló una mayor atención de este factor para la consolidación del federalismo en América Latina; este catalán, que tuvo una detenida estancia en México, dijo entonces: “los pueblos hispanoamericanos viven divorciados de su geografía y es preciso restablecer la concordancia entre su estructura política y su estructura natural”, advertencia que después de setenta años sigue teniendo vigencia; el del argentino Federico Daus, entre cuyas obras está su Fisonomía Regional de la República Argentina, de 1959, que introdujo los factores sociales en la conformación de las regiones, y el más reciente del brasileño Milton Santos en cuyo libro Por una Geografía Nueva, de 1990, postula los paradigmas de los problemas del mundo globalizado y la necesidad de colocar a la geografía en la inter-disciplina, lo que le ha valido la calificación de filósofo de la geografía. Por supuesto, hay muchos otros nombres, pero los mencionados constituyen pilares en etapas sucesivas de los estudios geográficos.

A manera de apéndice señalamos algunos aportes actuales que sirven de base valiosa para emprender una historia de las relaciones trans-nacionales e inter-regionales latinoamericanas: en el orden institucional, por lo que conocemos y en un somero extracto pueden citarse para Chile las de Iquique y Talca; la de San Andrés, en La Paz; en Brasil la Federal de Porto Alegre y la de Passo Fundo. Para Argentina las Universidades Nacionales del Comahue, de Salta, de Jujuy, de Misiones, de Cuyo.

 

Entre los investigadores, en Argentina merece citarse a Raúl Bernal-Meza, que analiza el rol de las regiones en la política exterior argentina con respecto a las naciones limítrofes. A Beatriz Figallo, que ha marcado la distinción entre espacios nacionales y espacios regionales argentino-brasileño-paraguayos. A Pablo Lacoste, que ha estudiado los pasos cordilleranos entre Argentina y Chile y sus implicaciones internacionales. A Gabriela Olivera por sus investigaciones sobre el circuito comercial entre La Rioja y el Norte Chico chileno. A Delia Otero, por su análisis de la articulación entre Estado y región de frontera en la región histórica de las Misiones. A Graciela Sturm, por su estudio sobre la región trans-nacional de la yerba mate. A Viviana Conti, por su visión trans-nacional observada desde el Noroeste argentino. A Susana Bandieri, por su análisis de las vinculaciones políticas y económicas entre el sur argentino y el chileno. Al estudio conjunto de Alicia Carlino y Federico Veiravé sobre la formación de bloques subregionales entre Argentina y Brasil. Y especialmente a Hebe Clementi, por su interpretación, casi filosófica, de la frontera en América.

Entre los chilenos cabe mencionar a Luis Castro, que ha planteado propuestas políticas y económicas integradas entre Bolivia, Argentina y Chile. A Eduardo Cavieres Figueroa, que ha intentado una visión global de todo el largo trayecto de la frontera chileno-argentina distinguiendo tres sectores en que prevalece la cooperación y la sinergia. A Sergio Vilalobos y a Leonardo León, que en un trabajo conjunto investigaron aspectos de la sociabilidad en la frontera argentino-chilena-mapuche. A Sergio González Miranda, que ha estudiado los procesos de chilenización en la región circunpuneña y que es un modelo de chileno por su interés en una salida al mar de Bolivia; y a Leonardo Jeffs, que también trabajó con iguales preocupaciones, incluso asumiendo responsabilidades personales.

Desde Brasil, Ana Luiza Setti Reckziegel estudió las vinculaciones políticas entre Rio Grande do Sul y Uruguay, Marcelo Dias las relaciones comerciales de Rio Grande do Sul con sectores platenses de Argentina, Carlos Rangel las cuestiones de nacionalidad ciudadana en la frontera brasileño-uruguaya, Aldomar Rouckert, quien ha sostenido que Rio Grande do Sul es un Estado de internacionalización segmentada, Eduardo Suartman, que ha expuesto conceptos propios de lo regional en las relaciones internacionales. Obviamente, estas menciones no son de ninguna manera exhaustivas ni comprenden a los investigadores de otros países que realizan investigaciones semejantes. Una impresión general de estos trabajos es que además del análisis que cubre el rigor propio de los estudios científicos, son demostrativos de una actitud de compromiso hacia la solución de problemas que se suscitan en estas regiones; esto pone en evidencia que estamos en otra etapa del estudio de las relaciones internacionales, en que la visión nacionalista de otros tiempos ha sido superada en beneficio de una visión integracionista.

Esta lista, obviamente incompleta, sirve para mostrar que nos encontramos ante una rama de las relaciones internacionales latinoamericanas que se encuentra en pleno desarrollo: la de las relaciones trans-nacionales.

[i] La investigación histórica dio un paso trascendental con la escuela francesa de los Annales, desde lacual Fernand Braudel (1902-1985) produjo su obra ejemplar: El Mediterráneo y el mundo del Mediterráneo en la época de Felipe II. Fue todo un desafío erigir al mar como protagonista de la historia.

[ii] Geografía Histórica. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1991.

[iii] V. HEREDIA, Edmundo. Actores emergentes en la historia de las relaciones internacionales latinoamericanas. Visoes de Brasil e da América Latina. Brasília, Instituto Brasileiro de Relações Internacionais, 2003.

[iv] Sólo para citar un ejemplo puede tomarse la densa, extensa y monumental obra de Jorge Basadre sobre el Perú, en la que prevalecen las cuestiones conflictivas con sus vecinos andinos y en que los sucesos internos tienen connotaciones internacionales. (Historia de la República del Perú. Lima, Ed. Peruamérica, 1953. Hay ediciones anteriores, pero ésta es la más completa).

[v] CHASE-DUNN, Christopher. El fenómeno de primacía de una ciudad en los sistemas urbanos latinoamericanos: su surgimiento. En: Ciudades y sistemas urbanos. Buenos Aires, CLACSO, 1984.

 

 

+ Este artículo se corresponde con el texto de la conferencia pronunciada el 15 de junio de 2017 en la Universidad de Buenos Aires, durante las XV Jornadas de la Asociación Argentina de Historia de las Relaciones Internacionales y las V Jornadas de la Asociación Latinoamericana de Historia de las Relaciones Internacionales.

 

 

 

 

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